Por el próximo mes, llámenme Mamá Oca 🪿

Estos días, una familia a la que voy siempre me pidió un favor: si podía encargarme de incubar unos huevos de oca.

Y obviamente dije que sí.

En parte, porque estoy bastante en casa y podía ocuparme. Pero también porque me dio muchísima curiosidad. Son 15 huevos en total, reunidos entre esa familia y dos vecinos más, y la incubadora que me dejaron tiene unos 50 años.

Y eso, lejos de desanimarme, me entusiasmó todavía más.

Tiene una forma muy parecida a una heladera antigua y, a diferencia de las incubadoras de hoy, no hace todo sola. Hay que controlar la temperatura, girar los huevos varias veces al día, humedecerlos y seguir todo el proceso bastante de cerca.

O sea: requiere presencia real.

Y la verdad es que eso me encantó.

Me gusta mucho descubrir cómo funciona la naturaleza, pero también esas cosas medio antiguas, medio de otro tiempo, que todavía siguen andando y que te obligan a entender mejor lo que estás haciendo.

Por ahora, durante estos primeros días, hay que girarlos entre cuatro y seis veces por día.

Después cambia: además de girarlos, hay que sacarlos, humedecerlos y volverlos a poner. Y a partir del día 9 hay que dejarlos entre 15 y 20 minutos afuera, rociarlos con agua tibia y recién entonces volver a meterlos. Eso imita lo que hace la mamá oca cuando se levanta del nido, va a comer, se baña, se moja y después vuelve.

Lo más interesante es que esa humedad ayuda a ablandar la cáscara. Porque si está demasiado dura, después, al momento de nacer, les cuesta romperla y pueden quedar atrapados adentro.

Yo no tenía idea de nada de esto.

Y me fascina pensar que algo tan simple, en apariencia, como un poco de humedad o un pequeño cambio de temperatura, pueda ser tan decisivo para que todo siga su curso.

A partir del día 28, en cambio, ya no se hace más nada: no se abren, no se tocan, no se gira nada. Se dejan quietos, por si empiezan a nacer.

Y ahí está también la parte más intrigante de toda esta historia: no sabemos qué va a pasar.

No sabemos si están todos fecundados. Puede no nacer ninguno, puede nacer alguno, pueden nacer varios o pueden nacer todos. Es una lotería.

Así que acá estoy, entrando en este nuevo rol inesperado, aprendiendo sobre temperaturas, humedad, tiempos y cáscaras, y mirando todos los días esa incubadora-vieja-heladera con la sensación de que estas semanas que vienen van a traer alguna sorpresa.

Durante el próximo mes, entonces, pueden llamarme Mamá Oca.

Hay historias que una no busca, pero llegan igual. Y esta, por alguna razón, siento que vino a enseñarme algo.

Y si te gusta, te voy teniendo al tanto de esta nueva aventura.

Que tengas un lindo domingo,
Viole 🌿

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