Entre tomates y dialecto, algo me hizo clic
Hoy te quiero contar de alguien que conocí al poco tiempo de llegar aquí.
Se llama Aldo, y es uno de esos personajes que sólo aparecen cuando la vida te lleva lejos de casa.
Viejito, viudo, manos de tierra.
Habla un dialecto tan cerrado que, la mitad del tiempo, apenas entiendo.
Pero igual me quedo ahí, escuchándolo.
Porque aunque no entienda cada palabra, sí entiendo el brillo de sus ojos cuando habla de su huerta. Algo que me resulta familiar y que me conecta, sin escalas, con mi padre.
Aldo cultiva más de lo que necesita.
Y como le sobra generosidad, reparte entre los vecinos canastos llenos de lo que la tierra le dio.
Un mediodía de verano me trajo un canasto lleno de tomates.
Rojos, enormes, perfumados.
Los sostuve y sentí esa mezcla de agradecimiento y nostalgia que aparece cuando alguien te ofrece algo que hizo con amor.
Hoy a la mañana abrí la heladera.
Agarré un tomate cualquiera.
Ni muy rojo, ni muy sabroso.
Y fue inevitable: se me vino Aldo a la memoria.
Ese canasto, ese gesto, esa manera de honrar el tiempo que tarda algo en hacerse.
Y pensé en los muebles, en el reciclado, en este oficio.
Porque, al final, lo que hace Aldo no es muy distinto de lo que hacemos cuando reciclamos:
Se dedica a lo que otros descuidan.
Respeta los tiempos.
Acompaña el proceso.
Y cuando todo está en su punto justo, lo comparte.
Un mueble renovado —como un tomate del huerto— no es sólo un objeto terminado: es tiempo transformado, es paciencia que tomó forma.
Por eso te comparto esta foto que le saqué el día que me los trajo.
Para que la mires un segundo y te acuerdes de vos mism@.
De tu ritmo.
De tus manos.
De todo lo que estás cultivando, aunque todavía no lo veas florecer.
Con cariño,
Viole 🌿
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