Lo que aprendí juntando olivas
Ayer ayudé a una familia a recoger olivas. No era un trabajo rápido. Había que ex-tender las redes, subir a los árboles, sacudir las ramas con bastones... Horas y horas para llenar apenas un balde.
Pero hubo algo que me detuvo: nadie miraba el reloj. El tiempo pasaba distinto, como si las ramas lo filtraran junto con la luz.
Durante diez días seguirán así, recogiendo olivas entre otros trabajos, con calma. Y su cosecha les bastará para tres años de aceite. Tres años de sol, tierra y paciencia embotellados.
Mientras los veía trabajar en silencio y el sol bajaba detrás de la montaña, pensé en la cantidad de veces que escucho —y que yo misma digo—: "no tengo tiempo."
Y entendí algo simple y profundo: no se trata de tenerlo, sino de dárselo.
Dárselo a las cosas que importan. A los objetos que queremos salvar. A las ideas que todavía no brotan.
Porque, como la madera, el tiempo también es materia: se trabaja, se cuida, se pule, se protege.
Y cuando lo miramos con otros ojos, el tiempo lento deja de ser pérdida y se vuelve inversión.
Y ese ratito que invertimos distinto se vuelve cosecha, se vuelve fruto, se vuelve algo que podemos disfrutar por mucho tiempo.
En cada gota de aceite hay un año entero de espera.
Quizás lo mismo pase con nuestros proyectos: lo que madura lento, dura más.
Que tu fin de semana tenga ese ritmo sereno del sol entre los olivos..
Viole ✿
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